Los sesgos de género persisten en la ciencia: El efecto John – Jennifer

Los sesgos de género persisten en la ciencia: El efecto John – Jennifer

“Investigar es ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie ha pensado”, apuntaba Albert Szent Gyorgi y para la Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Sevilla Catalina Lara esa capacidad de análisis y observación supone una de las cualidades de todo buen científico, junto con la perseverancia y, sobre todo, la curiosidad, que prende la chispa de todo el proceso investigador.

Catalina es además vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas y presidenta de AMIT-Andalucía. También es madre de dos ingenieros, un chico y una chica. Él industrial, ella teleco, y reconoce que a pesar de trabajar en el mismo campo, el de la ingeniería, para una ingeniera siempre es más difícil.

Ilustra estos desequilibrios con cifras históricas. Desde la década de los 70 ya había ramas de conocimiento donde más de un 50% de los estudiantes y licenciados eran chicas. En otras disciplinas, como las ciencias experimentales a partir los 80 se alcanzaba ese porcentaje. Después de 40 años, ¿dónde están todas estas chicas que se licenciaron en los 70 y que, además, acabaron sus estudios con unas calificaciones excelentes? “Han tenido tiempo de llegar a ser catedráticas, pero todo este talento se ha quedado por el camino”.

Las razones son internas y externas, familiares, sociales, académicas… En este último ámbito, un buen ejemplo es “el Efecto John-Jennifer”, es decir, el sesgo inconsciente a favor de los varones que aún existe en el mundo de la ciencia.

Así lo ha demostrado un estudio de la Universidad de Yale publicado en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencia (Estados Unidos) el pasado mes de octubre de 2012. La investigación concluye alertando de que, en general, el profesorado de ciencias de las universidades americanas considera menos competentes a las alumnas que a los alumnos que tienen idéntica capacidad y preparación.

Catalina cuenta cómo un equipo multidisciplinar que incluía biólogos moleculares, estadísticos, sociólogos, llegaron a estos resultados. “Querían comprobar si existía sexismo en el mundo académico. Realizaron un experimento muy sencillo: fabricaron dos currículos ficticios con méritos idénticos, uno bajo el nombre de John y otro para una candidata llamada Jennifer. Escribieron a alrededor de 400 profesores y profesoras de las 7 universidades más importantes de Estados Unidos”, comenta.

Los autores del estudio les pidieron que evaluasen, como parte de una investigación, la solicitud de una persona recién licenciada para un puesto de trabajo como jefe de laboratorio. “De los 137 que contestaron, un 70% eran hombres y el 30% restante mujeres. Estos porcentajes se corresponden con la presencia de hombres y mujeres en cargos académicos altos”, incide la catedrática.

Los evaluadores consideraron que el candidato masculino era significativamente más competente que la candidata. También ofrecieron a John un salario más alto para comenzar en el puesto y  más apoyo y recursos para desarrollar su carrera investigadora que los ofrecidos a Jennifer.

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